El destino del canto: Andrés Calamaro cerró su gira en el Gran Rex

Recorriendo España, como si se tratase de una suerte de Vía Augusta del canto, Andrés Calamaro hizo gala de su inacabable talento en salas que, alejadas de la apasionada...

Recorriendo España, como si se tratase de una suerte de Vía Augusta del canto, Andrés Calamaro hizo gala de su inacabable talento en salas que, alejadas de la apasionada algarabía cuasi balompédica, dieron un marco de intimismo inmejorable a la ya autosuficiente performance que el ícono argentino de la canción rock suele entregar sobre las tablas. Esta gira no fue la excepción.

El trayecto argentino de Licencia para cantar, inaugurado en Córdoba y con destino final en el emblemático Teatro Gran Rex, da sus primeras señales con “La libertad” en una conmovedora versión que acerca a los fieles seguidores a aquel mítico El Cantante (2004), recordando a la hermana hermosa y originalmente novia en la bellísima “Los hermanos” de Atahualpa Yupanqui, a quien con el correr del show Calamaro rinde tributo con “Piedra y camino”, que en la última velada porteña contaría, sorpresiva y gratamente, con la voz y el sentimiento a flor de piel de Abel Pintos.

Sobrio y elegante, con estampa de crooner y alma de trovador, Andrés dispara certero en cada uno de sus fraseos; recorre sensiblemente el ADN musical de varias generaciones que ha sabido aunar en una voz inconfundible y se da el lujo de arrancar ovaciones interpretando clásicos de un cancionero distante del rock como el tango “Garúa” y el bolero “Algo contigo”, este último interpretado en la segunda noche capitalina junto al enorme Gabriel Fernández Capello, o Vicentico a secas, quien además puso su impronta a “Tuyo siempre” en la segunda cita celebrada en la Avenida Corrientes.

Una botella vacía, disparador de recuerdos, de los buenos y de los otros, el exilio, los caramelos y eso que hay que tener. En unas pocas frases “Estadio azteca” motiva gritos ensordecedores en recintos que, aunque limitados en aforo, resultan inconmensurables en materia de emotividad.

Desde el 7 de mayo en Logroño, la promesa de intimidad en rotativos lo fue todo. Y fue así porque la promesa se cumplió, el artista no defraudó y el frente a frente rindió sus frutos, porque la audiencia miró a los ojos al cantante, porque el cantante devolvió afecto y gratitud extendiendo su mano arengando a un canto eterno y ascendente, y por sobre todas las cosas porque desde el pedido de conservar la solemnidad –si cabe el término- y el respeto omitiendo el uso de dispositivos, la atención se posó sobre las tablas en una comunión que solo podía crecer en emotividad si los encendedores de los presentes iluminasen los recintos como en décadas pasadas.

Una visita a tiempos algo lejanos, la vuelta a las páginas doradas de los primeros noventa trae consigo la añoranza interminable por canciones que no tienen fecha de vencimiento, y el artista lo sabe. “7 segundos” –junto a “El día que me quieras-, “Copa rota” y el cante fino y oportuno de “Para no olvidar”, son ahora elegantísimas piezas de colección que el público expectante, y hasta incrédulo, atesorará en la memoria así como anidan indelebles recuerdos de Los Rodríguez. Mención especial amerita “Algunos hombres buenos”, cargada de poesía, tragedia y reflexión que entre el piano y la armónica es capaz de sensibilizar a propios y extraños.

Al margen de la mística Rodríguez y si de rememorar se trata, la segunda mitad de 1984 vuelve como un torbellino indomable y a más 32 años de su publicación, “Himno de mi Corazón” toma por asalto el alma de quienes impávidos comienzan a notar que aquello que la armónica de Andrés está regalando es la intro de la oda a la libertad de Miguel Abuelo que con música de Cachorro López se convirtió con el tiempo en un emblema del rock argentino. Daniel Melingo, abuelo, amigo, compañero de ruta, e invitado de lujo de Andrés, rubricó en tres de cuatro noches el que tal vez fuera el momento más saliente de esta saga de conciertos.

Sentimentalismo en la medida justa despliega el artista cada noche en la bellísima y sentida love story de origen recoleto “Ansia en Plaza Francia”, antes de la clave porteña que se cristaliza con “Cacho de Buenos Aires”. El pasodoble del final no sería completo sin su precuela “El tercio de los sueños”, una hermosa ranchera que hace casi 20 años vive en el alma de cada fanático que se precie.

Hacia el final, con melódica en mano, Andrés mantiene en vilo al total de los presentes en lo que deliberadamente es una recta plagada de éxitos, entre los cuales suena conmovedora “Media Verónica”, y en sus recientes versiones “Flaca” y “Paloma”. La noche no termina sin antes poner a prueba el respeto del público, que resistiendo con hidalguía las ganas de saltar de sus lugares canta al unísono “Mi enfermedad” y acompaña en la obra maestra post Rodríguez, aquella canción con destino de clásico que fue y es “Crímenes Perfectos”.

El Gran Rex fue otra historia. A pesar de los pedidos, pantallas y flashes a la caza de instantáneas furtivas sellaron una afrenta al hombre que hacia fines del siglo volcó su sentir en los cuatro canales de una Tascam, y así volvió a confirmar que tal como afirmaba Luca Prodan en “Años”: “…lo único que progresa con el paso del tiempo es la tecnología, el hombre no, siempre es el mismo”. El costo del desaire fueron lógicas desatenciones, la omisión de alguna canción y la pérdida de estribos que, con oficio, el artista sobrellevó y sepultó con contundencia tras algunos minutos de tensión.

Armónica, melódica, juegos a cuatro manos en el teclado junto a German Wiedemer, la elegancia en el contrabajo a cargo de Toño Miguel, y los pases de comedía además del genial aporte en percusión de Martín Bruhn, es todo lo que el auténtico fanático ha querido presenciar, porque la ausencia de guitarras y el estilo desenchufado que se propone durante dos horas, es la vuelta a la esencia, a la voz, al alma del mismo Andrés que acostumbra colmar estadios con tormentas eléctricas de rock and roll. El público lo sabe, y sin demagogias agradece con aplausos cada noche al cantante el haber podido presenciar aunque más no sea por un rato, una muestra de aquello tan imprescindible como difícil de hallar: el arte.

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