Bruce Springsteen en GEBA: Born to Rock

Tras 25 años de espera, Bruce Springsteen se presentó en GEBA con un arsenal de himnos a cuestas y acompañado por la eterna E Street Band. Crónica: Eduardo Auliu...

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Tras 25 años de espera, Bruce Springsteen se presentó en GEBA con un arsenal de himnos a cuestas y acompañado por la eterna E Street Band.

Crónica: Eduardo Auliu

Exactamente a las 21:12, los veinticinco años de espera desde aquel inolvidable Amnesty International pasaron a la historia cuando el jefe, referente indiscutido, héroe del rock and roll y titular del hoy mejor show en vivo del mundo, dio inicio a un despliegue de dimensiones poco vistas en los últimos tiempos, lo que se dice, una auténtica lección de rock en todas sus formas.

Dueño de una enciclopedia musical infinita, Springsteen abrió el concierto con “This little light of mine”, el clásico spiritual negro firmado por Harry Dixon Loes al que le sumó el folk del que tantas de sus canciones presumen con el excelso aporte vocal de Cindy Mizelle.

We take care of our own” de su último álbum Wrecking Ball (2012) acompañado por el público desde el inicio y con Charles Giordano dándolo todo en el acordeón antecedió a la memorable “Badlands”, el primer clásico de la noche; 35 años de historia de un tema honrados en 6 minutos en las teclas de Roy Bittan.

Con tan solo 3 canciones, el despliegue era total, y “Death to my hometown” no fue la excepción, dándole la posibilidad de lucirse –como en toda la noche- al ejército de vientos de Bruce antes de “No surrender” que encontró a un Springsteen en total estadio de gracia, tocando y golpeando salvajemente su guitarra.

Si algo caracteriza los shows en GEBA es el Ferrocarril Mitre recorriendo toda la extensión del espacio a un costado, y aquello, parece haberlo notado el jefe… fuera de lista, demostrando que el setlist de sus shows tienen vida propia, sonó “Downbound Train”. “Something in the Night” mostró lo mejor de Bittan desde el piano y la estridente voz de Bruce hizo el resto regalando una versión conmovedora en una noche que prometía hacer historia.

“La poderosa E Street band a viajado miles de kilómetros para hacerles una pregunta… ¿Pueden sentir el espíritu?”

Esperable era que los mas de 15mil fanáticos que tanto esperaron al nacido en Nueva Jersey se mostraran enardecidos ante la inminente interpretación de “Spirit in the Night”, pero la lógica con The Boss no tiene lugar. Después de mucho recorrer las tablas lindantes al escenario, decidió convertir la experiencia musical en corporal, una suerte de concierto interactivo con Springsteen en medio de sus seguidores, cantando a dúo, saludando a mujeres y niños, estrechando la mano con algunos afortunados, todo ello en compañía de Jake Clemons al frente del saxo, sobrino del fallecido Clarence “Big man” Clemons que desde 1972 acompaño a Bruce.

Cover me” y las hipnóticas teclas que caracterizan “She’s the One” musicalizaron el recorrido del anfitrión de la noche recogiendo peticiones –que luego serían satisfechas- por todo el estadio. Terciando el show, Bruce desempolvo la armónica y le dio la intro perfecta a “Promised Land” enlazándola con otro clásico indestructible, “Hungry Heart”.

The River” fue la previa perfecta para “American Skin (41 shots)” en la que los punteos de Little Steven –Steven Van Zandt– hicieron delirar a aquellos que idolatran al hombre de la colección de pañuelos. Van Zandt se mantuvo infalible en la ejecución y se alineó a Nils Lofgren en “Because the Night” dándole al jefe un respiro en el mando de las seis cuerdas, pero dejando todo de lo que su garganta disponía. Pero quedaba más, mucho más.

El segmento acústico pero no menos potente llegó después de “Darlington County”, con “Shackled and Drawn” y el escenario en su totalidad teñido de rojo. “Waitin’ on a Sunny Day” para olvidar el frío de la noche porteña, contó con el factor interactivo antes visto, pero esta vez el afortunado fue un niño que desde el escenario cantó junto a Bruce, atónito, descreído, titubeante, pero feliz, y no es para menos, no cualquiera canta con The Boss.

The Rising”, una lucida y conmovedora versión “Thunder Road” y “Land of Hope and Dreams” pusieron fin a la primera parte de un show que no dio descanso. Dos minutos afuera, lo suficiente para tomar un poco de aire después de 21 canciones ejecutadas de forma ininterrumpida, sirvieron como antesala de “We Are Alive” y uno de los highlights de la velada: “Born in the U.S.A.” homónimo del álbum que lo contiene, lanzado en 1984.

Mostrando los carteles que antes había recolectado, fue delineando el resto del setlist dando paso a “Born to Run” y la genial “Bobby Jean” antes de uno de los puntos culminantes del concierto, con coros a tope, y toda la tropa dispuesta en el frente de la escena, “Glory Days”.

Párrafo aparte merece “Dancing in the Dark”, esperada en cada lugar en que el jefe se presenta, coreada y celebrada en cada rincón del estadio. Una canción, y dos afortunadas, la primera prestándose al baile a un costado de la escena y la segunda, con la guitarra de Bruce a cuestas, siguiendo el paso de la canción y forzando al máximo su garganta para congraciarse vocalmente con el hombre que estaba a pocos minutos de hacer historia en Buenos Aires.

Desde arriba del piano, saltando, vital e incansable, Springsteen interpretó “Tenth Avenue Freeze-Out”, y luego entre corridas -que fueron habituales a frente del micrófono- dio paso a “Shout” y “This Hard Land” para dar cierre a un concierto inolvidable.

Con la promesa de volver al corto plazo, Bruce Springsteen cerró una noche inolvidable, en la que derrochó carisma e hizo gala de su tan mentada vitalidad durante tres horas y media de puro rock capaz de generar empatía en cualquiera que se atreva a escucharlo. Cerca de la una de la madrugada, la epopeya musical ya había sucedido y así las cosas, queda dejar de hablar de aquella visita de 1988 y recordar por siempre esta mítica exhibición de estilo y buen gusto mientras se aguarda con total expectativa su regreso

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