La otra parte de la historia: Chuck Berry en el Luna Park.

Chuck Berry, la leyenda del rock and roll, se presentó en el Estadio Luna Park con un lleno total. En un show que se desvirtuó con el paso de...

Chuck Berry en el Luna Park

Chuck Berry, la leyenda del rock and roll, se presentó en el Estadio Luna Park con un lleno total. En un show que se desvirtuó con el paso de los minutos el veterano rockero repasó algunos de sus máximos éxitos junto a una banda que no supo cubrir los baches.

Por Eduardo Auliu.

Se equivocó, se perdió, confundió sus propias canciones y no pudo afinar su guitarra. Las canciones comenzaban dos y hasta tres veces para poder ser ejecutadas con algo de pericia y no hubo duckwalk sino hasta el final, cuando se retiro al backstage con la ayuda de su equipo. La banda que lo acompañó, o la que al menos compartió el escenario, no estuvo a la altura. Fin de la historia.

Ahora hablemos de lo que importa, y faltando a la norma de evitar las mayúsculas, debe quedar claro que: CHUCK BERRY, EL PADRE DEL ROCK AND ROLL, PASÓ POR BUENOS AIRES EN SU GIRA DESPEDIDA.

Como en 1993, aquella vez en Obras Sanitarias, la leyenda viva del rock llegó a Buenos Aires, y aunque con resultados opuestos, facturó 75 minutos de show con clásicos que forman parte de cualquier enciclopedia del género que se precie.

Chuck Berry en el Luna ParkEl show.

A las 21:30, en medio de lo que parecía ser una prueba de sonido improvisada, con las luces bajas, y en medio de la incertidumbre del público respecto de lo que verían en segundos, el enorme Charles Edward Anderson Berry, Chuck para el mundo entero, se hizo presente en el centro de la escena. Pintoresco como siempre, con su chaqueta roja, brillante como su inmensa trayectoria, pantalón oscuro, y su hoy inconfundible gorra blanca, sin mediar palabras interpretó “Roll Over Beethoven”, un deseo musicalizado de que el rock and roll ocupase el lugar de la música clásica. Con amagues del paso del pato -un pato muy mayor- llegó “School Days” y previa presentación, “Sweet Little Sixteen”.

Ingrid, hija de Chuck, se apersonó desde un costado para colaborar con su padre y dar a la noche algo de ritmo con su armónica, mientras que Charles Junior trataba de mantener el pulso con su Telecaster azulada. Entretanto fue el turno de “Oh! Carol” con la armónica más sucia y fuerte que nunca en la noche porteña.

A dúo con su hija, el clásico de B.B. King “Rock Me Baby” y “Reelin’ and Rockin” fueron parte de una noche que lejos estuvo de ser para el olvido, porque siempre es mejor recordar, para que al que no le gustó trate de no caer de nuevo en el error del hoy criticado show business , y para que el resto –donde se enrola quien escribe- pueda contarle a sus nietos, que vio al hombre que dio vida al rock.

Un fragmento de “My Ding-a-Ling”, casi recitado por el hombre de la noche, y una despedida con “Goodnight Sweetheart, Well It’s Time To Go” dejaban a los asistentes que colmaron el Luna Park con ganas del tema que todos fueron a escuchar. Pero no falló, al menos en eso. La gente quería que se quedara, el no sabía bien que hacer, y sus hijos le insistieron. Tres inicios frustrados para una coreadísima “Johnny B. Goode” con jóvenes parejas que podrán decirle al mundo que bailaron rock and roll con la voz del auténtico Chuck Berry de fondo, una multitud afectuosa que saludaba y arengaba al hito de la música mientras se despedía en medio de un paso de pato que puso fin a un show que podría haberse evitado, pero que como la realidad marca, se hizo, y como tal, ha de recordarse como la última vez que Chuck Berry pasó por nuestro país. Chuck: Te queremos, te valoramos, y somos conscientes de que a tu edad, diste lo mejor, y solo por eso, te merecés una ovación en la que confluyan todos los gritos y aplausos que arrancan tus discípulos, los continuadores de aquello que gestaste con tu guitarra. Gracias, siempre.

Chuck Berry en el Luna Park

Los cagatinta, a la orden del día.

Periodistas, que critican en tono despiadado al mítico creador de aquello que les da de comer, que gozan de una impunidad corporativa que solo les da permanecer en un medio, firmando sus notas, siempre, cobijados por el aval de fanáticos que no hacen más que apoyar sus dichos, porque claro, ellos están cerca del rock… porque conocen del tema, porque vieron a tal y cual, y fueron a este lugar y a aquel también, porque son omnipresentes, tienen anécdotas de rockeros que solo ellos conocen y que casi siempre resultan incomprobables. Son los que dicen lo que gusta y lo que tiene que gustar. Lo que no dicen es lo cómodos que estaban ayer, disputándose quien conocía mas a Pappo, regocijados por no haber pagado una ubicación que ellos mismos tildaban de “lujosa”, para ver “al viejo”… “no puede caminar”, “vaya a saber que hace… lo ayudan para todo” se escuchaba antes de que el invulnerable Chuck Berry saliera a escena… entonces, ¿Fueron a disfrutar del ocaso del mito viviente del rock and roll? ¿Querían que Chuck, entrado en años hace rato, tuviera una performance poco feliz? ¿Qué esperaban los cronistas que ocuparon sus cómodas butacas? Si alguno, solo uno de ellos, responde que no estaba preparado para esto, debería renunciar, o cuanto menos, medir sus palabras. Porque en la era digital, es fácil -como solicitar la acreditación- ver videos, informarse y adentrarse en el mundo de lo que se está yendo a ver. ¿Obligación moral? ¿Ética periodística? No invoquen instituciones ni mandatos, ni se laven las manos hablando del entorno del músico como si estuvieran dejando clara la responsabilidad de un circulo parasitario que se aprovecha de èl, porque está claro que cuando hay que mirar para el costado, lo hacen sin reparos (no todos, claro). No merecen haber visto a Chuck Berry. Punto.

Entonces…

Chuck Berry, a sus 86 años, dio todo de si. Entregó cuanto pudo por el tiempo que le fue posible y se merece el respeto de propios y extraños. Se dio el lujo de compartir el escenario con sus hijos, de tocar -o intentar tocar- las canciones que lo marcaron y que hicieron mella en el camino de todos los que hoy escuchamos. “No es la guitarra, soy yo…” El mismísimo Chuck lo dijo, un poco acongojado pero con toda la frontalidad y sinceridad que se espera de una persona como el, y bajó la mirada, entendiendo que tal vez no estaba a la altura, pero nunca sabrá lo felices que hizo a casi todos ahí dentro, porque los que aman el rock, deben quererlo, y recordarlo por lo que fue. Lo de ayer, fue una excusa, para verlo por última vez.

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